– EXCLUSIVA: El pacto de Infantino con México
– La promesa de unirse a la Conmebol está ahí
La razón por la que la Federación Mexicana de Fútbol apostó tan abierta y arriesgadamente por Gianni Infantino en la crisis de gobernanza que sacudió a FIFA durante y después del Mundial 2026 no sólo fue solo lealtad institucional ni gratitud por el trato recibido durante la organización del torneo.
Desde hace tiempo hay una negociación encaminada para que México pueda competir en los torneos sudamericanos: Copa América con la selección mayor, Copa Libertadores y Copa Sudamericana con los clubes. Y eso incluye cambiar de Confederación si fuera necesario.
Es la promesa más significativa que se le ha hecho al fútbol mexicano en décadas. Y es también, en este momento político específico, una promesa que puede valer muy poco.
Para entender el contexto hay que empezar por la relación entre México y CONCACAF, que lleva años deteriorándose de manera sostenida. La razón del lado de la Federación Mexicana, es que los directivos sienten que aportan la mayor parte de los ingresos de la confederación, a través de los partidos de la selección en Estados Unidos, la Copa Oro y la Concachampions, y que en cambio no reciben la proporción del dinero que merecen y no tienen ni el poder ni el reconocimiento proporcionales dentro de la estructura de decisiones. México no puede participar en la Copa América sin permiso especial. Está obligado a competir en una Copa Oro cuya relevancia deportiva es limitada comparada con los torneos sudamericanos. Sus clubes no pueden disputar la Copa Libertadores.
Las razones de CONCACAF tienen que ver con con cuestiones políticas que detallaremos más adelante.
El rompimiento es hoy casi total, al punto que una fuente me reconoció que “México no puede sentarse en ninguna mesa de CONCACAF en este momento”. El último golpe tuvo que ver con la adjudicación de los derechos de transmisión de la Copa Oro a Netflix de forma directa, sin darle oportunidad de competir a las televisoras mexicanas, por lo menos para compartir derechos.
Del otro lado, el acercamiento entre la FMF y CONMEBOL no es nuevo. Viene construyéndose desde hace varios años, alimentado precisamente por ese distanciamiento con CONCACAF y por la lógica económica de un país que compite consistentemente en un nivel superior al promedio de su confederación y no tiene permitodo acceder a competencias que reparten premios mucho más altos en la parte sur del continente.
El precedente que siempre se menciona es Australia. En 2006, la selección australiana abandonó la Confederación Oceánica y se integró a la Confederación Asiática. Lo hizo con el apoyo de Oceanía, que reconoció que para Australia era más beneficioso competir en Asia, donde tendría cupos directos al Mundial y rivales de mayor nivel, que depender de los mecanismos de repechaje de una confederación pequeña. La situación de México con CONCACAF es claramente distinta, pero la lógica es comparable: México sería un miembro de pleno derecho en CONMEBOL con más que ofrecer que en una confederación donde ya domina sin, en su opinión, recibir lo que considera justo.
Hay, por supuesto, un tercer punto. Los directivos (y dueños de clubes) mexicanos y Gianni Infantino se hicieron muy cercanos en los meses anteriores al Mundial y durante la organización del mismo. Comparten, además, cercanía con socios comerciales y amigos personales. Al mismo tiempo se ha producido un distanciamiento cada vez más grande entre Victor Montagliani y el presidente de la FIFA, provocado, entre otras cosas, por la cercanía de Infantino con Donald Trump. Y eso ha terminado de deteriorar la relación entre CONCACAF y México.
Hay, por supuesto un obstáculo legal para todo esto. El Estatuto de FIFA establece que cualquier cambio de confederación requiere la aprobación de la confederación de origen. CONCACAF nunca va a aprobar que México se vaya. La confederación perdería a su miembro más valioso económicamente, el que financia en buena medida las operaciones de las demás asociaciones de la región a través de los ingresos que genera la selección mexicana. Sin México, la Copa Oro pierde su principal atractivo. Sin México, la Concachampions pierde la mitad de sus clubes más relevantes. Sin México, el dinero que CONCACAF distribuye a sus 41 miembros se reduce drásticamente.
Infantino lo sabe. Y prometió de todas formas. Eso dice algo sobre el carácter del presidente de FIFA y también sobre las expectativas que la FMF debería tener sobre el cumplimiento de esa promesa. Lo que Infantino ofreció fue hacer todo lo posible para que el cambio suceda. No garantizó que sucedería. Y en la realidad política actual, lo posible es bastante limitado.
La apuesta de la FMF por Infantino se convirtió en un problema cuando la crisis de gobernanza escaló de manera inesperada. Durante las semanas del Mundial, apoyar al presidente de FIFA parecía una decisión razonable para un país que acababa de coorganizar el torneo más exitoso de la historia. Pero cuando UEFA, la Confederación Asiática y la propia CONCACAF se unieron en un frente que exigía la salida de Infantino, la FMF no recalculó. Siguió apostando, primero con comunicados ambiguos, luego con declaraciones más directas de apoyo, finalmente alineándose públicamente con Argentina y un grupo de países que la propia CONCACAF identificó en contraste con el resto de sus miembros.
El resultado fue que México ha quedado completamente aislado dentro de su propia confederación. Estados Unidos, Canadá, los países centroamericanos y caribeños se alinearon en el bloque contrario a Infantino. La FMF se quedó sola en CONCACAF apostando por un presidente que cada vez tiene menos apoyos en las confederaciones más poderosas del mundo.
Las consecuencias de esa apuesta son difíciles de prever con precisión, pero fáciles de imaginar en términos generales. Si Infantino cae o queda muy debilitado, México habrá pagado un costo político considerable con su confederación y con potenciales aliados institucionales, sin haber obtenido a cambio nada concreto. La promesa de CONMEBOL quedaría en el aire. Las relaciones con el liderazgo de CONCACAF, ya tensas, se complicarían aún más bajo cualquier nuevo presidente de FIFA que no tenga ningún incentivo para favorecer al miembro que apostó por el bando perdedor. Y más aún si ese presidente es Victor Montagliani.
Si Infantino sobrevive políticamente pero queda debilitado, la situación no mejora mucho. Un presidente de FIFA con poder reducido, enfrentando una UEFA en franca oposición y una CONCACAF que ya no puede llamar amiga, tiene poca capacidad para mover los estatutos de la organización en favor de México aunque quisiera hacerlo.
El único escenario en que la promesa se vuelve ejecutable es aquel en que Infantino no solo sobrevive sino que lo hace con suficiente margen de poder como para cambiar las reglas del juego, quizás modificando el proceso de aprobación para cambios de confederación o creando un mecanismo alternativo. Ese escenario existe, pero requiere que Infantino gane una batalla que en este momento parece estar perdiendo.
Deportivamente, la idea de México en CONMEBOL es lógica. La selección mexicana compitiendo regularmente en Copa América, los clubes en Copa Libertadores, las selecciones juveniles en los torneos sudamericanos: todo eso elevaría el nivel de exigencia del fútbol mexicano de manera significativa y probablemente aceleraría el desarrollo de futuras generaciones de jugadores. Eso es difícil de discutir.
Económicamente, tiene un sentido que en el pasado no habría tenido. México podría incluir a sus patrocinadores en la Copa Libertadores y Copa América, y con ello incrementar los premios de esas competencias que de por sí son ya muchísimo más altos que los de Copa Oro y Concacahampions, y tendría que repartir los ingresos de la CONMEBOL en los Mundiales entre 11, no entre 41, como sucede actualmente en CONCACAF.
Además, no tendría por qué perder la relación con MLS/SUM, algo fundamental para la FMF, porque, recordemos, la liga estadounidense no depende ni está relacionada con la Federación -de hecho, su relación no es particularmente buena-. En principio, en ese escenario, y partiendo siempre de que Infantino gane el Juego de Tronos, México podría seguir organizando partidos amistosos en territorio de EEUU e incluso jugar la LeaguesCup.
Ayer, cuando anuncié la noticia en Twitter, hubo muchísimas críticas, y la verdad las entiendo. Hace apenas una semana, yo habría sido el primero en hacerlo. Nunca en mi vida me habría imaginado que yo, después de ridiculizar por años los llamados al cambio de confederación de México, sería quien diera la noticia. Pero los tiempos han cambiado, y el futbol más aún.
Nunca habríamos pensado que un presidente de FIFA iba a darle un “Premio de la Paz” a un presidente sólo para quedar bien con él, o le habría quitado una suspensión a un futbolista para lo mismo. Esta es la nueva realidad, nos guste o no, por lo menos si sigue Infantino en el poder.
Así, sólo queda esperar. En la política futbolística, como en la política a secas, las alianzas tienen costos. El que pagará México por esta depende ahora de lo que suceda en las próximas semanas con el futuro de Gianni Infantino.

